
Ayer compartí un rato con un amigo de la infancia (hermano, más que amigo) y filósofo, que me telefoneó para ir juntos al tanatorio y hacerle compañía a otro amigo común, que acababa de perder a un familiar querido.
Ya no nos vemos con la frecuencia de antes, como es lógico, pero seguimos tratándonos como adolescentes, como si el tiempo se hubiera parado. Yo siempre le sigo viendo con la misma imagen, aunque nuestro aspecto exterior vaya cambiando.
En un momento que nos quedamos solos en la sala de espera, me dio por preguntarle si pensaba alguna vez en la muerte, disculpándome antes por mi ocurrencia y seguro de que estaría pensando: - cabrón, porqué no me haces una pregunta más agradable -
Pero no. Va muy resueltamente y me responde:
- Cuando yo estoy, ella no es.
Y cuando ella es, yo ya no estoy (como decían los epicúreos)
Entonces, ¿para qué preocuparme de ella? -
Como no me esperaba tal respuesta, no tuve más remedio que estallar en risa, que acabamos compartiendo como antiguamente. Me imagino que también se debió a la tensión del momento y a la satisfacción de haber encontrado una buena y rápida respuesta. Después me aclaró, lógicamente, que se refería a la suya propia y que ver la de sus seres queridos, esa sí que le preocupaba.
Bueno, cuento esta pequeña anécdota por si le puede servir a alguien que haya llegado a obsesionarse un poco con estas cuestiones.
v.
(Mis respetos, porque sé que este es un tema delicado y tabú para mucha gente, que suscita controvertidos y traumáticos sentimientos)


5 comentarios:
Tiene toda la razón del mundo tu amigo, si señor. Qué importa la nuestra, si cuando llegue ya no estaremos para contarlo, pero las que duelen y, por desgracia, nos quedamos para contarlas, son las de los seres queridos.
Me gusta que le des un meneíllo de vez en cuando al blog, Victor. Así una va sabiendo, o mejor dicho intuyendo, que estás bien.
Un besazo enorme, sevillano
¿Sabes? lo que más me ha gustado ha sido la aclaración / disculpa final. Es que yo, a la muerte, me la he tomado siempre de una manera bastante "ligera", porque simplemente es, duela o no y por más ritos, adornos, recordatorios, lápidas, aniversarios, supersticiones, costumbres o lo que le queramos poner, va a seguir ahí, a lo suyo, que es irnos llevando a todos... Lloraremos a algunos, les echaremos de menos, pero ella seguirá con sus planes. Conclusión: mejor reirse un poco, aligerar, quitarle solemnidad, que lo de morirse no es para tanto, nos va a pasar a todos...
(Mis disculpas a quien lo vea de otra forma, no está en mi ánimo ofender a nadie, son maneras de ver la vida)
Qué bueno es leerte con cierta frecuencia, Víctor.
Abrazos.
Gio.
Interesante tu relato, un beso
Bueno, la muerte de los demás cambia tu propia vida, de eso no cabe duda. A partir de determinada edad los muertos forman parte de nosotros, tanto como los vivos. A mí es un tema que todavía me hace pupa, he de reconocer que no me gusta ni un poquito hablar de la muerte, jejeje... Mea culpa.
Gracias por colgar cositas.
Un beso,
Carmen
Publicar un comentario en la entrada