
Hace unos días estuve en una de las playas de Huelva, para despedir al verano. Hacía un poco de viento, pero el mar estaba de un verde trepidante y pleno de encajes blancos, inigualables, de una variedad infinita.
Es maravilloso ver el Sol saltando en miles de trocitos sobre el agua.
Siempre me he sentido un poco loco, pero un loco feliz, no de los que gustan torturarse. Ignoro cuantas veces he puesto en peligro mis pertenencias, pero por amor a la vida. El otro día, cuando quise darme cuenta, estaba metido en el mar hasta medio cuerpo, con la cámara de fotos en las mano, con más de 400 tomas - ¡jo, qué bruto! - y las olas casi pasándome por la cabeza. Es que quiero hacer unas series de pinturas y acuarelas.
Nadar, un bocadillo, tomar el sol, leer junto al mar. Es una pasada. Nunca valoramos las pequeñas cosas, hasta que algo nos impide seguir disfrutándolas. Pienso que serán unas de las últimas imágenes que queden dibujadas en mi retina el día que tenga que marcharme definitivamente de aquí.
De regreso, a medio camino, una borrachera de fragancias a tierra mojada, a eucaliptos, romeros, ..., inundó la negritud de la noche, como si hubiese llovido. La persona que me acompañaba, también lo compartía, sin embargo, no encontré en todo el trayecto indicios de agua sobre la calzada. Tan sólo, el regalo de la lentitud del tráfico, la calma y la compañía de esas fragancias silvestres que me persiguieron hasta el propio portal, donde los vecinos me confirmaron extrañados que no, que no había llovido.
No tardarían en aparecer los latigazos estruendosos, iluminando las ventanas de la estancia del salón y el rumor bienvenido de las gotas de agua golpeando los tejados.
A la Naturaleza le gusta siempre anunciar su llegada, como concierne a los personajes importantes.
v.
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