lunes 21 de septiembre de 2009

- COSAS SENCILLAS.






Hace unos días estuve en una de las playas de Huelva, para despedir al verano. Hacía un poco de viento, pero el mar estaba de un verde trepidante y pleno de encajes blancos, inigualables, de una variedad infinita.
Es maravilloso ver el Sol saltando en miles de trocitos sobre el agua.
Siempre me he sentido un poco loco, pero un loco feliz, no de los que gustan torturarse. Ignoro cuantas veces he puesto en peligro mis pertenencias, pero por amor a la vida. El otro día, cuando quise darme cuenta, estaba metido en el mar hasta medio cuerpo, con la cámara de fotos en las mano, con más de 400 tomas - ¡jo, qué bruto! - y las olas casi pasándome por la cabeza. Es que quiero hacer unas series de pinturas y acuarelas.

Nadar, un bocadillo, tomar el sol, leer junto al mar. Es una pasada. Nunca valoramos las pequeñas cosas, hasta que algo nos impide seguir disfrutándolas. Pienso que serán unas de las últimas imágenes que queden dibujadas en mi retina el día que tenga que marcharme definitivamente de aquí.

De regreso, a medio camino, una borrachera de fragancias a tierra mojada, a eucaliptos, romeros, ..., inundó la negritud de la noche, como si hubiese llovido. La persona que me acompañaba, también lo compartía, sin embargo, no encontré en todo el trayecto indicios de agua sobre la calzada. Tan sólo, el regalo de la lentitud del tráfico, la calma y la compañía de esas fragancias silvestres que me persiguieron hasta el propio portal, donde los vecinos me confirmaron extrañados que no, que no había llovido.
No tardarían en aparecer los latigazos estruendosos, iluminando las ventanas de la estancia del salón y el rumor bienvenido de las gotas de agua golpeando los tejados.

A la Naturaleza le gusta siempre anunciar su llegada, como concierne a los personajes importantes.




v.

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viernes 4 de septiembre de 2009

- ¿QUE LA MUERTE DA RISA?







Ayer compartí un rato con un amigo de la infancia (hermano, más que amigo) y filósofo, que me telefoneó para ir juntos al tanatorio y hacerle compañía a otro amigo común, que acababa de perder a un familiar querido.
Ya no nos vemos con la frecuencia de antes, como es lógico, pero seguimos tratándonos como adolescentes, como si el tiempo se hubiera parado. Yo siempre le sigo viendo con la misma imagen, aunque nuestro aspecto exterior vaya cambiando.
En un momento que nos quedamos solos en la sala de espera, me dio por preguntarle si pensaba alguna vez en la muerte, disculpándome antes por mi ocurrencia y seguro de que estaría pensando: - cabrón, porqué no me haces una pregunta más agradable -

Pero no. Va muy resueltamente y me responde:
- Cuando yo estoy, ella no es.
Y cuando ella es, yo ya no estoy
(como decían los epicúreos)
Entonces, ¿para qué preocuparme de ella? -

Como no me esperaba tal respuesta, no tuve más remedio que estallar en risa, que acabamos compartiendo como antiguamente. Me imagino que también se debió a la tensión del momento y a la satisfacción de haber encontrado una buena y rápida respuesta. Después me aclaró, lógicamente, que se refería a la suya propia y que ver la de sus seres queridos, esa sí que le preocupaba.
Bueno, cuento esta pequeña anécdota por si le puede servir a alguien que haya llegado a obsesionarse un poco con estas cuestiones.




v.
(Mis respetos, porque sé que este es un tema delicado y tabú para mucha gente, que suscita controvertidos y traumáticos sentimientos)