Una moneda al cielo y en mi cara su toque de fuego.
Brisa regresa y en su juego pasa
que la fría brisa trae olores a campos incendiados
que la brisa fría huele y queda
Conciertan aves diminutas
sobre pentagramas de árboles desnudos por invierno
y la luz marcha y prepara a la ceniza de la noche su nido.
Esta tarde ya puedo atravesar el cristal del aire
y llegar a la colina más lejana que mi ojo alcanza.
Y durante el vuelo, tocar verdes
que brotaron del barro para alfombrarlo.
Esta tarde ya puedo
abrir las manos al frío de la noche y sus inquilinos más ciegos.
La moneda del fuego tocó mi cara y aquí está conmigo.
V
Cada vez que puedo, al aterdecer, subo a las almenas del castillo de mi ciudad para leer un poco. Me gusta despedir al Sol. Como agradeciéndole -o yo qué sé- su luz, su calor.
Sé que son boberías, simplezas, y que además no es él quien se va cada tarde, sino yo el que, como una peonza, no dejo de dar vueltas a su órbita, subido en esta gran pelota, junto con todos vosotros. Pero ésto me hace sentir bien -muy bien- Como en comunicación.



